Cádiz
Se acabó el viaje y me he vuelto a dejar un trocito de corazón fuera de Madrid. Llené la maleta cuando me fuí con risas sofocadas y las ganas a media voz de quedarme en Madrid para saber por dónde van a salir los tiros.
Y me la he traído llena del Atlántico, de la voz nasal de Dylan en directo, de los viajes en cercanías entre el mar y la bahía, de las rejas de Jerez, de la sensación de mi piel rodeada por el aire y el mar acariciantes, de vino y vinagre, volver a ver Expiación en el tren, de los Hijos de la Medianoche de Rushdie, del Alcázar de Jerez, del Puerto de Santa María, de las barcas en La Caleta de Cádiz, de la calle Botica, de casi una hora escuchando El Barrio mirando el mar arrebatado contra las olas, de las risas de Tere(sita), de las cabrillas, de su nombre matado entre mis labios y escrito en la arena húmeda, de las ganas de volver y seguir viendo más, de la Real Escuela de Arte Ecuestre que me trajó el sabor agrio de los recuerdos y un personaje de un libro que leí hace mucho...